Ambientes de bienestar en el aprendizaje

Presencialidad y virtualidad en la universidad hipermediática.

La universidad contemporánea se encuentra llamada a replantear su presencia en la ciudad en consecuencia con la transformación de la sociedad para un momento de la historia en que transculturación y consumo acelerado, propiciados por la velocidad de transmisión en los medios de comunicación, modifican la forma en que se aprende a aprender.

Si bien el diseño de edificaciones que acojan el  proceso pedagógico es connatural a la fundación de las ciudades, y aunque los servicios educativos forman parte fundamental en el funcionamiento correcto de la ciudad, el denominado diseño instruccional, aquél que se dirige a formular los espacios en que el hombre aprende a aprender, adquiere en el siglo XIX una dimensión moderna de particular importancia, asociada a las corrientes higienistas y racionalistas en las que desembocaron los movimientos enciclopedistas e iluministas europeos, originados en el siglo XVIII. Podemos decir que, aunque es posible una historia de la institución educativa desde los albores de la humanidad, la preocupación por la forma en que el espacio arquitectónico acompaña los procesos de aprendizaje sufre una modificación sustancial con el arribo del racionalismo moderno.

El aula, espacio en el que tradicionalmente se establecían las relaciones entre maestro y aprendiz, ha servido para perpetuar en nuestra sociedad moderna estructuras jerárquicas de dominio del saber que se remontan al origen mismo de nuestra civilización. En dicho sentido, la relación entre saber, sabiduría y aprendizaje ha encontrado como metáfora arquitectónica la relación entre luz y espacio, educarse es iluminarse, la ilustración es adquirir un buen lustre, una luz propia. Como ejemplo de esta significación, de carácter iconográfico, en nuestro continente los oscuros claustros coloniales en los que se desenvolvieron las relaciones de poder entre dominados y dominantes  establecieron las bases físicas para la enseñanza de una ideología que sería derrotada por  el carácter luminoso de los espacios modernos, una arquitectura que abatiría con su racionalidad la oscuridad de la servidumbre. Para América, la libertad es, primero, de pensamiento, de enseñanza, de lectura.

Con la llegada de métodos europeos de aprendizaje, durante los siglos XIX y XX, la educación sufrió una transformación sin mayor impacto en  las relaciones jerárquicas al interior de los salones de clase, ampliamente reseñada por diversas historias de la pedagogía. En los espacios, sin embargo, las aulas dieron paso a los laboratorios, siguiendo el énfasis que señalaba ir de las teorías a las prácticas. Asociados a este cambio la aparición de gimnasios y ateneos de ciencia. En la segunda mitad del siglo XX, y si bien la concepción de la vida universitaria ha tenido un aura que le liga a una esfera superior del desarrollo de la individualidad, a la formación de principios éticos en tanto que la educación primaria es la de lo moral, es con el afianzamiento del constructivismo y de posiciones relacionadas con la concepción estructuralista que los pesados bloques de mampuesto colonial, las gruesas tapias que aislaban y protegían la relación de poder en que se encontraba enmarcada la vida universitaria, ceden, quizá ante la imperiosa necesidad de resolver la relación entre hombre, sociedad y naturaleza, no en el campo simulado del salón de clase, sino en la realidad misma.

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Universidad Católica de Santafé, Arquitectos Javier Mendiondo y Lucila Gómez.

La distinción entre el ámbito escolarizado y el ambiente de aprendizaje señala el traslado nociones escolásticas sobre la relación entre el individuo como receptor de un conocimiento, en un acto pasivamente mnemotécnico, a una perspectiva activa en la que el sujeto de aprendizaje se define en la apropiación de los procesos de formación y sus lugares conexos, extendiendo la noción de aprendizaje a otros espacios y contextos sociales. El espacio de la universidad se extiende físicamente sobre los que conforman la ciudad, superpuesto, generando la noción de ciudad educadora, ciudad universitaria, una noción presente ya en los esquemas educativos del Medioevo pero que con el arribo de la racionalidad moderna tomaría un aire de laboratorio de pruebas. En la ciudad universitaria, en su forma, se ensayan los cambios que se esperan en la ciudad real. Contemporáneamente, esta relación, que expresa una perspectiva simbólica en la arquitectura, toma forma en la necesidad de sacar a los estudiantes de los salones de clase para llevarlos a la ciudad misma, al encuentro de los problemas que oprimen a sus comunidades, a sus sociedades, en fin, de confrontarles con su propia situación en el mundo.

Éste rizoma que refleja la relación entre sociedad y universidad, entre cultura y aprendizaje, ha llevado, contemporáneamente, a que las instituciones universitarias replanteen las relaciones que establecen con sus entornos. De las cerradas manzanas coloniales, a las ciudades universitarias de los años 30 –generalmente agrícolas y alejadas de los centros urbanos-, pasando por los campus modernistas de corte inglés, la tensión entre interior y exterior, entre oscuridad y luz ha recibido diversas formas, dependientes de estilos y teorías. Aunque las disposiciones de los volúmenes educacionales cambien, la metáfora de la educación como una forma de iluminación permanecerá ligada a nuestros edificios universitarios.

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Culinary Art School, Arquitectura: Gracia Studio.

En un sentido distinto, los fenómenos económicos de globalización enfatizan las diferencias al interior de esta sociedad actual -que se ha declarado a sí misma sociedad del conocimiento- enfatizando que en nuestros territorios la formación ha de ser en competencias laborales, prácticas, mientras que en el primer mundo se realiza la investigación y producción propias de una cultura que busca su mundialización. En consonancia con el vaciamiento de riquezas naturales a las que se encuentra sometido el ecosistema americano por las multinacionales de la minería y el petróleo, esta perspectiva, indudablemente tecnológica, educa masivamente en nuestro continente una mano de obra profesionalizada, que en pocas ocasiones logra producir verdadero conocimiento que transforme el hambre y la pobreza en que se encuentra sumida. La esperada liberación de las mismas mediante el conocimiento ha entrado a ser un eslogan vacío, una forma más de dominación en un sistema capitalista extendido a todo ámbito humano.

En esta perspectiva, los ambientes de aprendizaje lo son para adquirir competencias laborales, de manufactura y fabricación. La investigación lucha por abrirse espacios en los campus universitarios con  las pocas oportunidades de financiación que llegan del Estado, siendo, paradójicamente, uno de los principales factores de acreditación para las instituciones de educación superior. Siguiendo este derrotero, en términos de una mundialización de los sistemas de medición del aprendizaje superior -presionada por los tratados de libre comercio- nuestras universidades alcanzarán escasamente el calificativo de instituciones tecnológicas,.

En esta senda, marcada por la identidad del territorio americano -que más que geográfica, cultural o social es de necesidades y falencias- la universidad ha de transformarse en lugar de encuentro de un grupo social diverso pero cohesionado por metas, objetivos, visiones y misiones comunes, germen de una verdadera ecópolis en la que una comunidad busque respuestas a sus problemas más urgentes. El edificio universitario como tal es ahora el símbolo de unas relaciones renovadas entre hombre y naturaleza, pero, ya no su garante.

Frente a la universidad europea, el campus latinoamericano, como lugar, señala la creación de relaciones de solidaridad, comprensión, apoyo e interacción entre los miembros de la comunidad universitaria, que son entendidas, a su vez, paradójicamente, como competencias que garantizan el trabajo en equipo que necesita la industria globalizada. Son los términos de la antigua polémica entre centro y periferia, ahora convertida en cliché por los adalides del lugar como estilo.

Si bien la formación por competencias fomenta la autoformación y la escogencia de rutas de aprendizaje, énfasis y profundización en la vida universitaria, en posesión de una nueva libertad, la de escoger el cómo y cuándo de su formación, ahora el universitario es llamado a re significar su vida como una vida para el trabajo, en espacios que integran el aprender con el mejorar laboralmente, cubriendo las expectativas de una sociedad cada vez más necesitada de una fuerza laboral adecuada.

Esta dinámica conlleva a una concepción del ambiente de aprendizaje en la que lo físico espacial se encuentra íntimamente ligado a los requisitos de flexibilidad formativa, de adaptabilidad de los currículos y renovaciones de códigos y reglamentos académicos para dar forma al nuevo espacio universitario, como también a su disolución con la llegada de tecnologías de información y el llamado a una menor presencialidad en las aulas.   En busca de la flexibilidad necesaria para albergar los múltiples caminos que puedan escoger sus miembros en los contemporáneos currículos flexibles, y llamados a articular caminos de formación en un contexto que les es ajeno, los espacios universitarios han debido transformarse para encontrar formas que optimicen los recursos de planta física y docente.

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Facultad de arquitectura USPB. Edificio de postgrados de ciencias Humanas Universidad Nacional de Colombia.

En este corto panorama, el arribo de las tecnologías informáticas y los fenómenos asociados a la globalización contribuyen a la transformación de la forma en que se plantean los procesos educativos, para generar un proceso más eficiente.  En esta dimensión de las relaciones universitarias, sería ilógico pensar en una separación entre ambientes de aprendizaje y tecnologías de la información, pues sus metas comunes, que buscan maximizar el valor y rentabilidad de las plantas físicas universitarias, comparten el llamado a la no presencialidad y el distanciamiento físico de quienes participan en el proceso de aprendizaje.

La desaparición de las relaciones físicas entre profesor y estudiante, mediadas por la desconfianza que conlleva la desaparición del espacio real en pro del virtual, también implica el traslado del actuar del docente de la transmisión directa de un conocimiento al diseño de tareas y actividades para la adquisición de competencias. Su posición en la relación del aprendizaje es ahora de mediación, su rol es perimetral en este proceso, por lo que en un alto grado, se ha visto obligado a trasladar su campo de acción a la investigación, dando cada vez menos relevancia a su dimensión como pedagogo.

En resumen, tanto la oferta de una flexibilidad curricular y de espacialidades adaptadas a ella, como la presencia de los ambientes virtuales, son vectores de impacto real sobre la espacialidad que despliega la universidad contemporánea.  La comunión con los valores de la virtualidad informática, ha llevado a la desescolarización de la vida universitaria, un ciclo en que repercute la necesidad de una relación más estrecha con el contexto real de los problemas estudiados y la implementación de aulas virtuales como respuesta a la velocidad de lo informático y el colapso de las vialidades urbanas.

Con el imparable arribo de la virtualidad y de las relaciones híper-mediáticas, las instituciones universitarias cambian las proporciones de áreas de sus planteles, las aulas de clase ceden frente a otros servicios que generan una renovada sensación de bienestar que recuerda la máxima de Le Corbusier, cultivar la mente y el espíritu. La meta es ofrecer cuanto no ofrece el aula virtual, su énfasis no es más el espacio físico que propicia el conocimiento, sino aquél que genera un bienestar complementario a la función docente, el del espíritu, espacios de recreación y socialización como perspectivas estéticas de la formación. Por lo tanto una universidad puede, crecer, y, simultáneamente, disminuir su número de aulas. Gimnasios, laboratorios, bibliotecas, zonas lúdicas, áreas para ´dormir la siesta´, espacio público y semi público, marcan este desplazamiento del salón de clase a una espacialidad que antes caracterizaba la territorialidad de la ciudad. El docente es remplazado por el aula virtual, la interacción en clase por el chat room, la interacción discursiva se mide por la participación en blogs y redes sociales.

En este énfasis media una perspectiva de desprestigio de la presencialidad, trasladando el énfasis a las commodities que los campus pueden ofrecer como alternativa a la facultad de estudios tradicional, es una perspectiva regida por el merchandising que garantiza el ingreso de matrículas. De ahí que, en la práctica del diseño de espacios universitarios, se utilice dialécticamente el  término ambiente de aprendizaje, como una forma de mediar la apropiación de aquello que tiene el edificio que no es su espacio, sino precisamente lo ambiental calificado en términos de ecosistema, de entorno que posibilita la vida, el bienestar. Es otra dimensión que garantiza el consumo.

En términos prácticos, vemos como las instituciones superiores diseñadas en los últimos años, sus modificaciones, ampliaciones y refuncionalizaciones, integran principios de la arquitectura moderna que favorecen la integración espacial y la multifuncionalidad de los espacios. La planta libre, la ventana longitudinal, la liberación del suelo con pilotes, son valores formales heredados por la modernidad y resemantizados en un uso americano. Al interior de la facultad, estilísticamente tan moderna como la unidad de habitación de Marsella, la aparición de servicios complementarios se aúna a la educación por competencias en búsqueda de una construcción social que imite la vida.

En la relación con su contexto, podemos distinguir entre una postura abierta y una cerrada, expresión de la relación que la universidad tiene con la sociedad, y cuyas repercusiones en el espacio arquitectónico son claras. En una postura cerrada, la vida al interior del edificio universitario busca re-presentar a sus estudiantes la vida real. Esta simulación se expresa en la escenificación del espacio urbano, calles, tiendas, barrios, suponen una puesta en escena que sin duda favorece la creación de un entorno físico que pone en interacción personas y materiales parodiando la realidad misma. Es común que en esta perspectiva se favorezcan espacios para grupos de estudio, semilleros de investigación, búsquedas estadísticas, bancos de ensayos, aulas de informática, bibliotecas con servicios extendidos y otros dispositivos que faciliten dicha simulación. En estos términos: universidad y laboratorio, la sociedad del conocimiento califica la teatralidad que caracteriza todo aprendizaje.

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Ampliación del Edificio de Estudios Generales. Rio Piedras Puerto Rico. Fotografía Marisol Roca.

En la postura abierta, por el contrario, los espacios que conforman la universidad parecen dispersarse por la ciudad real, aproximando a los estudiantes a la proyección social imperativa para nuestra academia. Facultades y laboratorios, centros de investigación y emprendimiento buscan la proximidad de una sociedad que constituye su target, población objetivo de sus investigaciones, pero también cliente de sus programas curriculares, en una dinámica similar a la del mercadeo contemporáneo. Las plantas físicas tradicionales, acogen, entonces, los servicios de bienestar que hemos descrito anteriormente, dispersos por la trama urbana, sin mayor énfasis en la uniformidad formal o edilicia.

De estas perspectivas surgen nuevos patrones de movimiento en la sociedad y la cultura, pero también en la ciudad. Un estudio más detallado de la forma en que los volúmenes contemporáneos se implantan urbanamente, como expresión de estas disposiciones abiertas o cerradas, seguramente mostrará cómo el impacto de la virtualidad y la necesidad de servicios complementarios han transformado el espacio universitario, sin olvidar que de cualquier forma, los edificios que contienen estos espacios participan de los énfasis icónicos y mediáticos de la cultura arquitectónica contemporánea. Los edificios para la educación, valga decirlo, son una construcción más dentro del amplio espectro que conforma nuestro acervo arquitectónico contemporáneo.

La provisión de mejores contextos, ámbitos específicos para el desarrollo de las competencias, implica que el espacio educativo satisfaga no sólo las necesidades ambientales, esto es, de confort climático necesario para sus usuarios en su doble carácter de estudiantes y clientes; El in-habitante de estas instalaciones también ha de sentir satisfechas sus aspiraciones estéticas y éticas. Las características bioclimáticas y ecológicas, generalizadas en los edificios universitarios actuales, también se encuentran mediadas por las aspiraciones éticas de una sociedad más verde, más técnica, más limpia, más transparente, más iluminada. La ruptura total con los estilos del pasado, así como la intromisión de lenguajes tomados sin mediación alguna de la arquitectura europea contemporánea, conforman la imagen de edificio de alta tecnología, amigable con el ambiente, vidriado, política y éticamente correcto.

Universidad Católica de Santafé, Arquitectos Javier Mendiondo y Lucila Gómez.

En la distribución de estas cajas agraciadas, de alto contenido ético – estético, abiertas o cerradas al entorno, se convierte en un valor adicional el uso extensivo del paisajismo y la denominada fitotectura, merchandising del verde.  Según hemos explicado, incorporan tecnologías de la información como base para la estructuración de sus distribuciones espaciales, lo que ha motivado que, en el lenguaje de diseño instruccional actual, rara vez se mencionen las tipologías y modelos que sirvieron para su desarrollo durante los siglos XIX y XX. Así, en remplazo de estos principios de diseño, se aplican abordajes holísticos, sistémicos, pero en todo caso simulaciones de una ética ecológica y social como base de su distribución, ocultando su valor como objetos de consumo.

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Edificio de Aulas EAN, Daniel Bonilla.

La búsqueda deliberada de una espacialidad, diversa, divertida, que oculte la continuidad de cualquier valor decimonónico, según las metas del merchandising de la educación en esta sociedad del conocimiento, se relaciona literalmente con los valores de la cultura hipermediática actual, en cuanto se aleja de los lugares tradicionales del aprendizaje  y de la simultaneidad presencial del grupo actor en la construcción del conocimiento. Es, el temido arribo de la educación por franquicias, de la universidad KFC, del conocimiento como espacio publicitario.

Como contrapartida, nuevas modalidades y estrategias de formación y socialización, son posibles si rebasan las interacciones en los escenarios académicos, dirigiéndose a la inclusión de comunidades vulnerables, centros de artes experimentales, de construcción cultural del conocimiento, de oportunidad para aquellos excluidos por sistemas de vida universitaria pensados exclusivamente para quienes pueden pagarla. He ahí la verdadera sostenibilidad que necesita un continente agobiado por  una crisis social, económica, política, cultural, a la que la universidad ha cerrado sus campus.

FABIO ANDRÉS VINASCO ÑUSTES

Arquitecto graduado de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia, Magister en Historia y Teoría del Arte y la Arquitectura. Coordinador Editorial de la Revista Escala, desarrolla su investigación en la historia de la arquitectura para la educación en Latinoamérica.

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